La grabación en directo, con niveles altos de calidad y coordinada por el propio artista, puede hundir a la piratería musical

Nuestro artículo anterior sobre el proyecto Abbey Road Live tuvo por motivo principal, presentar una posibilidad de dinamización integral de la grabación de sonido en directo desde una perspectiva “major”.

Pero este ejemplo puede replicarse en menor escala. En la medida que se desarrollen procesos de registro, mezcla y masterización de alta calidad y casi en tiempo real, esto también permitiría contribuir a desmontar, paulatinamente, el fraude de la comercialización no autorizada.

Si los músicos participan en la mayor cantidad de pasos de los procedimientos de producción que lleva su obra a manos de los consumidores con características de alta gama, los cacos del talento ajeno quedarán fuera de juego.

Jurassic Park Records

Vamos a compartir con nuestros lectores un poco de prehistoria de la piratería musical. Porque no siempre los bandidos cabalgaron por Internet.Los orígenes de la piratería musical podrían rastrearse hasta finales de la década del 70.

El puntapié inicial en este tipo de neo delito lo dio la duplicación clandestina de cassettes. Aproximadamente hasta 1978, era prácticamente imposible copiar cintas magnetofónicas de audio a niveles más o menos industriales. El cassette revoluciona el mercado pues es el primer soporte musical que permite ser copiado con escasa especialización laboral y en un espacio mínimo.

Hasta la llegada de la práctica “cajita”, duplicar discos de vinilo era imposible porque se necesitaba una infraestructura fabril “sucia” y muy costosa, cercana al área de las fundiciones debido a los procesos de matricería, inyección y prensado que requería la industria discográfica de la época.

El técnico que “cortaba” el molde original trabajaba con la precisión de un joyero. Este paso era tan importante como la ecualización de la cinta master. Pero cuando alguien, en su casa con dos cassetteras conectadas entre si, pudo copiar un cassette, inmediatamente surgieron las duplicaciones furtivas.

De todos modos, la piratería musical propiamente dicha y a escala considerable, no se desarrolla y perfecciona hasta la llegada de las máquinas duplicadoras de tamaño más o menos portable, y de costo relativamente accesible. Hasta después de mediados de los 70, el copiado de las cintas de cassette se ejecutaba con máquinas de gran porte, de alta tecnología y costo muy elevado. Las superiores eran las Gauss de origen alemán. Pero cuando los japoneses rompen los cánones tradicionales de la grabación musical analógica con las copiadoras Otari, duplicar clandestinamente pasó a ser un excelente negocio.

Estas antológicas máquinas tenían el tamaño aproximado de un aparato de aire acondicionado y se podían apoyar sobre una tabla sostenida por dos ménsulas. Se le sumaba una bobinadora, también de mesa, un pequeño set compuesto por un par de buenas casseteras, un ecualizador gráfico para realizar los masters y el kit estaba listo. Costo total aproximado, unos 25.000 dólares de aquellos años.

También existían opciones de mucho menor coste (En la foto, duplicadora muy económica marca Telex) 

Hacerse de los insumos tampoco fue tarea fácil para los primeros bucaneros de la música. La bobinas o “tortas” de cinta para cassette en los primeros tiempos eran importadas directamente por las fábricas de las empresas discográficas, no había proveedores en gran escala para particulares. Lo mismo sucedía con las cajitas y estuches, técnicamente llamados “C –0”. Estos también se matrizaban e inyectaban a escala industrial.

Una matriz para fabricar un C-0 similar a un TDK standard solía cobrarla un matricero en los suburbios de alguna capital iberoamericana entre 6.000 y 10.000 dólares.

Y servía para producir unos cuantos cientos de miles de cajitas de cassettes. El otro aspecto           que disparó el negocio clandestino fue la simplificación de los procesos de impresión gráfica.

Con los nuevos sistemas de fotocromía, copiar e imprimir una lámina de cassette de cualquier         artista de éxito se realizaba en minutos.

Pero la fabricación “por izquierda” no sólo estaba en manos de solitarios empresarios de la “economía informal”. Las grandes compañías también trampeaban al artista.De las fábricas discográficas se distribuía una cantidad determinada directamente a las bateas y otra se declaraba después legalmente, durante años se consignaron cifras de venta “dibujadas”. Una cosa era lo que se fabricaba y vendía y otra la declaración jurada.  Los 90 inauguraron el boom del disco compacto.

Ahora sí, el caco mediático se preocupó. Pero este será tema de un próximo capítulo.

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