La copia está en el ADN de la cultura de masas

En la entrada anterior nos ocupamos de la dualidad que se generó entre las versiones “autorizadas” y las copias “piratas” de producciones musicales registradas, originalmente, en directo. Subrayamos el ascenso de la práctica generalizada de capturar y distribuir reproducciones sin importar las limitaciones del mercado o las trabas legales. El afán compulsivo de apropiación y socialización de las obras se impuso como uso y costumbre cultural adherido a nuestras sociedades del espectáculo. En este texto exploramos y compartimos algunos antecedentes.

La irrupción de la radiofonía y la industria discográfica desde inicios del siglo XX subvirtió el concepto de legitimidad. La reproducción masiva de música y la posibilidad de acceder a ella a través de una distribución comercial conllevó desde su génesis la disolución del paradigma de originalidad o autenticidad de una obra.

El ascenso de la clase burguesa desarrolló los métodos fabriles de replicación masiva, el resultado no se hizo esperar: un mercado a escala mucho más lejana que los corrales de la aldea.

La competencia que este nuevo grupo social estableció con los tradicionales legitimadores de las obras musicales: la nobleza, el clero y algunos pocos empresarios especializados fue inmediata y definitoria. La testificación histórica clasista comenzó a difumarse cuando en cualquier rincón del planeta, desde un fonógrafo o una radio, un colono en Sudáfrica o en el Amazonas pudo escuchar una interpretación no exclusiva de Bach o Beethoven, hasta muy poco tiempo antes sólo accesible en vivo y en directo para unos pocos.

La reproductividad técnica no sólo modificó el concepto mismo de autenticidad sino algo mucho más profundo, la noción de pertenencia. De esta forma, las obras de arte desarrolladas a partir de la imagen primero y luego desde el sonido, pasaron a tener “valor cultural” más allá de su origen y propietario.

Desde Walter Benjamin se asumió que la reproducción es un factor inherente a la obra artística y que todo el mundo imita, copia y reproduce. La posibilidad de multiplicar técnicamente una obra es directamente proporcional a la disolución instantánea de su autenticidad. Los inventores que durante todo el siglo XIX intentaron lograr la reproducción mecánica de sonido, y lo lograron a través del disco gramofónico, sabían que buscaban: difusión masiva.

Pero regresando a Benjamin, la reproducción técnica de una obra de arte al quebrar el fetiche de la exclusividad “atrofió” el aura, esa “manifestación irrepetible de una lejanía” que la obra de arte, hasta que se desmontaron los condicionamientos sociales en el siglo XX, supo atesorar.

La irrupción de la cultura de masas subvirtió las posibilidades de percepción de las colectividades humanas, antes solamente modificables por causas naturales o históricas. La música, a partir de la reproductibilidad técnica, y por sobre todas las otras artes, descendió desde el escenario del ritual y resonó en las calles.

Si bien los despabilados de siempre supieron apropiarse de estos cambios y desarrollar un gran negocio e industria capitalista, en paralelo germinó toda una dimensión anárquica y contracultural del goce a bajo coste a través de la copia.

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