Sonido, música y movilidad

El sonido, física y humanamente audible, consiste en un movimiento ondulatorio y vibratorio que produce oscilaciones en la presión del aire.  La música es la organización de esas ondas en un flujo sonoro, pura movilidad.

Los sonidos humanos y la música, fundacionalmente, fueron producidos por el hombre durante procesos que involucraron movilidad, espacialidad y territorio.

Desde siempre la relación entre sonido, música e itinerancia fue intrínseca a la dinámica misma del ser humano, el único animal que logró transformar la mera producción aleatoria de resonancias naturales en una práctica cultural metódica.

La movilidad perenne en el espacio, y a través del tiempo, es principio esencial de la especie humana. La relación entre sonoridades generadas y tránsito se desarrolló muy ligada a las posibilidades de transporte que la gente fue descubriendo.

La especie humana, en constante movimiento, portó e instaló en sus asentamientos, estables o temporales, su patrimonio propio de sonidos. Una gama de resonancias que evolucionó hasta generar polución sonora en todos los rincones del planeta. La causa principal de la contaminación acústica fue y es la actividad humana: los vehículos de transporte, la construcción de edificios y obras públicas, la industria, la gestión del ocio, entre otras. Funciones que siglo tras siglo fueron aumentando en paralelo con el despliegue de una civilización que no admitió nunca límites de expansión. Así, del trepidar de los cascos de los caballos de tiro evolucionamos hasta las detonaciones de los caños de escape y luego al rugido ensordecedor  de las turbinas.

La gente, durante sus desplazamientos, no transportó nunca los sonidos de sus culturas en los equipajes. Nadie pensó al emigrar en llevarse el ulular de las sirenas de las fábricas o el repicar de las campanas. Pero si en cargar  al hombro con sus capacidades personales para interpretar música a través de una vihuela, una flauta o un acordeón. Porque los sonidos pueden transportarse a través del tiempo y el espacio por si mismos o con impulso artificial. Pero la música no se formaliza per se, necesita la mediación humana.

Hasta el descubrimiento de la captación magnetofónica en el siglo XIX, fue imposible reproducir una obra musical sin que se desplazaran el o los intérpretes. El músico ambulante fue muy importante como transmisor cultural hasta que se pudo trasladar la obra dentro de un soporte externo (disco, cinta o cassette) y reproducirla más allá del tiempo real y la implicación de un individuo.

La relación que supieron establecer las personas entre desplazamientos y música generó un pico histórico hacia los siglos XI y XII con la aparición de los trovadores, troveros, juglares, minnesanger y goliardos que se trasladaban, cantando gestas, de pueblo en pueblo para ganarse la vida.

Los antiguos refranes y dichos populares nos dan pistas inefables. “Irse con la música a otra parte” fue un aforismo interpretado como marcha forzada de una persona que no es bienvenida en un lugar. Un traslado inducido. Sin embargo el dicho original pudo haber sido más completo y originado en la cofradía de los músicos ambulantes que ejecutaban violín: “Echemos violín en bolsa y vamos con la música a otra aparte”.

Hasta el siglo XIX la objetivación de la conexión sonido, música y movilidad estuvo circunscripta al ser humano, un instrumento musical portable (laúd o violín) y un camino. Pero promediando la centuria un nuevo protagonista se suma a la ecuación: los medios de transporte mecánicos. La música ya no viaja solamente a lomo de cuadrúpedo o sobre carromatos.

En sintonía, pero unas décadas antes, nace y se expande el mercado de las obras musicales impresas en partituras. La distribución de piezas, eruditas y populares, antes de la reproducción magnetofónica, se basó en el soporte papel de las partituras. En los hogares burgueses de las ciudades siempre un miembro de la familia, generalmente mujer, recibía suficiente instrucción musical como para poder leer a primera vista notación musical y amenizar veladas, reuniones y fiestas.

Sin embargo en las clases sociales populares y, en el ámbito rural sobretodo, la difusión de obras aún se basaba más en la transferencia directa persona a persona. Siendo tradicional, desde el medioevo, la influencia de los músicos ambulantes como ya mencionamos.

Desde el siglo XIX se consolida entonces una conexión inédita entre música y medios de transporte que podemos rastrear en las tapas de las partituras musicales de la época. Aún falta para que, entrado el siglo XX el acto de escuchar música propalada dentro de un automóvil, autobús o tren mediante un sistema de megafonía, un sintonizador radiofónico o un reproductor de cassettes o discos compactos se transforme en un hábito masivo y cotidiano.

Según investigaciones realizadas en archivos de museos norteamericanos por la curadora e investigadora Janet Davidson el transporte protagonizó un papel importante en la difusión de la música popular.

Hacia fines del siglo XIX los músicos comenzaron a viajar asiduamente en trenes para realizar su trabajo en los escenarios de las ciudades y pueblos. Esta circunstancia, en paralelo con esta capacidad de transportación humana,  se reflejó en el medio de comunicación musical más difundido de la época, las partituras que se comercializaban para uso doméstico. Las ilustraciones de sus tapas comenzaron a poblarse de la imaginería ferrocarrilera que comenzó a inspirar nuevas composiciones por aquellos años.

Pero no sólo en trenes rodaban los músicos profesionales, los intérpretes amateurs también comenzaban a utilizar bicicletas. En la década de 1890, el ciclismo se convirtió en una moda muy popular entre aquellos que podían permitirse el lujo de esta nueva forma personal de transporte mecánico. Tanto hombres como mujeres recorrían las calles montados en bicicletas. Y las obras musicales populares aludieron generosamente a trenes y bicicletas.

Pero también a tranvías. Inaugurado el siglo XX, este medio de transporte público generó nuevas perspectivas de género. Tanto en su versión primaria con tracción equina como en las posteriores autopropulsadas, el tranvía fue el primer vehículo colectivo urbano donde hombres y mujeres, de diferentes clases, establecieron unas involuntarias cercanías anatómicas impensables hasta entonces. Letras de muchas canciones, desde el swing al tango, registran las fantasías y ansiedades que estas interacciones de sexos, razas y clases, dentro de un vagón, generaron en las ciudades.

Entre 1905 y 1936 irrumpe el automóvil como vehículo estrella y en esos primeros treinta años de algunos miles se pasa a millones de automotores recorriendo el mundo occidental. Pero así como los trenes, las bicicletas y los tranvías inspiraron obras con un espíritu representativo de los veloces cambios sociales que se operaban, los automóviles, propiedad aún de las clases urbanas acomodadas, fomentaron nociones de prestigio elitista.

De todos modos los autos transformaron de manera absoluta el paradigma de la movilidad personal y muchas canciones comenzaron a narrar las inéditas posibilidades entre espacio privado sobre ruedas y audaz romanticismo que otorgaba un automóvil a su conductor y pasajeros. Avanzando en el siglo XX las nuevas tendencias en las relaciones entre hombres y mujeres también dirimen tensiones dentro de un coche. Y, una vez más, la música popular refleja estos cruces.

La irrupción del estado de bienestar en el mundo occidental, después de la Segunda Guerra Mundial, relega al ámbito privado o a las salas públicas de conciertos la interpretación de música en directo. La relación sonido, música y movilidad se concentra exclusivamente en la distribución cinematográfica, radiofónica, televisiva o discográfica. Las personas ya no transportan música ejecutándola en tiempo real, en vivo y en tránsito. Lo que la especie humana no cesa de trajinar desde entonces es una gama de ruidos, casi exclusivamente, vinculados con la producción de cualquier cosa a escala industrial. (C.P.)

 

 

 

 

 

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